Loco camarada de la soledad, que busca lo inexistente desvelando verdades jamás escritas ni escuchadas.

El humilde rincón de un mago inmortal; sendero tras sendero, buscando la chispa que despierta y mata a la vida.

El olvido

Busquemos un buen ejemplo de lo que es el olvido

Un andén en el que el único perfume que se puede aspirar es el del amor muerto. Dulzón, melancólico y cálido. Un aroma que invita a quien lo huele a sumirse en una espiral hipnótica y letal; te atrae, te zarandea y te entierra.
Saúl se encontraba atrapado entre los brazos de Elisa; unos brazos suaves y ligeros que lo aprisionaban. El pobre hombre no podía romper aquella cadena de carne y hueso ya que ese intenso roce sería el último que recibiría de la mujer. Su fragancia lo adormecía y le hacía recordar los innumerables momentos en los que dicho aroma había penetrado en su mente durante los efímeros tres años que terminaban ese mismo día. Era consciente de que sus sábanas retendrían el olor en el futuro.
La respiración de Elisa era acogedora y su aliento inundaba de calidez el pecho de Saúl. Estaba seguro que en invierno esa sensación perduraría y le ofrecería un lugar donde podría dejar libre su mente, entre lágrimas de alegría y pena, resistiendo el frío mortal de la ausencia.
Saúl no quería escuchar la voz de su amor; tampoco su propia voz. Había barrido completamente su cabeza porque necesitaba sentir el silencio y, así, poder ir acostumbrándose a la quietud que embargaría su vida.
Al pobre hombre le temblaban las piernas, o eso creía. Un peso abrumador se cernía sobre él y sabía que no era el del cuerpo de Elisa; la soledad pesa más que el amor que conduce a ella. Saúl sentía el deseo de desprenderse de la prisión en la que había caído, intuía que estaba a punto de sumergirse en un agujero del que sería incapaz de salir. Se acercaba a la boca del lobo mientras las caricias de Elisa se intensificaban. La presión era cada vez mayor, el dolor que sentía el hombre era una quimera a la que no podía estamparle una cara, un rostro o un sentimiento. Se sentía rodeado de un caos al que podía dar sentido si no tuviera la mente estática, pero estaba decidido a mantener la llanura de pensamientos como un erial. No quería que la razón regresara.
A lo lejos, entre una cortina de pétalos azules que ondeaba en manos del viento primaveral, un ligero rumor brotó en su cabeza. Saúl sabía que era el tren que se acercaba a la estación, pero algo en su interior le gritaba que dicho rumor provenía de él, de su corazón. El hombre luchó por acallar la llamada de conciencia y la enterró con la imagen de un tren a vapor aproximándose.
Fue en ese instante cuando los brazos de Elisa perdieron su titánica fuerza y cayeron rendidos a los costados. Ante la sensación de oscura libertad que su cuerpo sentía, abrió los ojos. No recordaba haberlos cerrado. Perdidos durante unos segundos, buscaron frenéticos el rostro de Elisa. Cuando las miradas chocaron, Saúl se estremeció. Su mente quebró y, como el agua que sale disparada una tubería rota, los recuerdos empaparon su mente. Cerró los ojos de nuevo, en un intento por apartar las imágenes que habían conquistado su cabeza. No lo consiguió y, frustrado, abrió los ojos. No halló las esmeraldas de Elisa.

El vagón era estrecho y frío aun siendo una calurosa tarde de Mayo. Se sentó en su asiento. Sentía un intenso frío por todo el cuerpo y el sol era incapaz de acogerlo en su regazo. No quiso cerrar los ojos a su nueva vida y se obligó a mirar por la ventana. Apoyó la frente en ella, pero se apartó de golpe; estaba helada.
El paisaje se disolvía en un contorno borroso y colorido. Una maraña de verdes, amarillos y azules que desaparecían en un constante fluir. De repente, un intenso olor inundó el vagón. Apenas había gente en él; tan solo dos hombres de traje que observaban sus relucientes zapatos, una mujer y él.
Elisa. Era el perfume de Elisa. Fijó con rapidez la mirada en la solitaria mujer que le daba la espalda, pero al momento se dio cuenta de que no era su amor porque Elisa tenía el pelo rubio y el de aquella mujer era negro. Su cuerpo se hundió en el asiento; no recordaba haberse tensado.

El viaje era largo, eterno. El paisaje se había oscurecido hasta el punto de no ver nada salvo la monótona oscuridad. Su parada deberá aparecer pronto. Decidió cerrar los ojos y descansar. Se despertó bruscamente. Jadeaba, se sentía oprimido por una fuerza ajena e invisible. Miró a su alrededor; la mujer seguía de espalda a él y los dos hombres, ensimismados con el brillo de sus zapatos. No habían llegado aún a su destino, así que dedujo que no había dormido mucho tiempo. El paisaje permanecía negro.
Pensó de nuevo en su nueva vida y volvió a mirar por la ventana. Se concentró en intentar ver algo detrás de la oscuridad. Acercó su frente a la ventana y, como la anterior vez, se apartó de golpe. Seguía estando helada. De pronto, dos brillos verdes aparecieron tras el cristal. Verdes como los ojos de Elisa. Elisa. Apartó la vista e intentó volver a dormir.
Cuando despertó, el paisaje volvía a ser colorido y el sol brillaba con fuerza. Aun así, el frío no desaparecía de su cuerpo. Se percató, de pronto, que el aquel perfume volvía a invadir el lugar. Elisa. Dirigió la mirada al lugar donde se encontraba la mujer; su cabello seguía siendo negro. Los hombres permanecían en la misma postura de siempre.
Al cabo de un tiempo, llegó a una estación. Se incorporó y al momento, un escalofrío recorrió su cuerpo. Era el mismo andén desde donde había partido. Elisa. Elisa no se encontraba allí. La estación estaba vacía, pero los pétalos azules surcaban el cielo. El tren reanudó su viaje.

El paisaje se tornó oscuro. Decidió dormir. Se despertó encadenado y jadeando. La mujer de pelo negro le daba la espalda, los hombres admiraban sus zapatos. El paisaje recuperó su caos cromático.

¿Quién es Saúl?
El andén. Los pétalos azules.

Elisa…

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