El cielo era plomo batido. El viento soplaba indeciso, haciendo retroceder mi larga melena oscura. El sol se escondía entre nubarrones que anunciaban tormenta y yo, en mi pequeña barca, ondulando entre las telas de agua oscura, esperaba ansioso la paz que precedía a la tormenta.
Los pájaros cantaban sin fuerza, temerosos de hacerse ver por encima de los demás y se escabullían de rama en rama, de árbol en árbol, de esos árboles que rodeaban el lago donde yo estaba pescando.
Mi caña estaba recostada en un lateral de la embarcación, paciente, con los colmillos sumergidos en las sombras, sabiendo que quien cayera en la trampa no viviría para contarlo. Aquello resultó ser erróneo.
Y yo, tumbado de proa a popa, la melena despeinada y los ojos fijos en el cielo, también esperaba. El chapoteo del agua contra la piel de la barca me resultaba hipnotizante, como la caricia lastimera de una despedida. El amor lamía las pieles de los amantes para luego decaer en ternura, cariño, y finalmente, en olvido, que es lo que estaban haciendo, en ese momento, las ondas del agua. Sonrisas amargas surcaban mi rostro al pensar en Elia, en su cabello de oro y sus ojos como pozos sin fondo rebosantes de amor.
El balanceo del navío me elevaba hacia el firmamento y allí imaginaba el rostro pálido de ella, que sonreía y parpadeaba con una delicadeza extrema. Ascendía y cada vez, estaba más cerca de besar sus finos labios, suaves y delicados y ella no apartaba la mirada de mí.
Desgraciadamente, la barca volvía a descender con lentitud. Tan despacio que cada despedida se hacía demasiado dura como para aferrarme a los bordes de madera que me acunaban. Los ojos de Elia se hundían en llanuras de tristeza y seguramente, ella podría contemplar cómo de los míos nacían pequeñas lágrimas de dolor. Llegué a esa conclusión ya que mi cara estaba empapada, cubierta de cristales de sal que aullaban en lamentos silenciosos.
Tenía la sensación de que estábamos cada vez más lejos, que el pequeño barco se negaba a elevarse más que la anterior sacudida.
Las noches renacían y los días morían en explosiones de colores increíbles. Aquello era abrumador. En dichos momentos era cuando más hermosa la veía. En cambio, cuando los pequeños faroles del firmamento encendían sus llamas, Elia parecía difuminarse entre ellos. Apenas podía distinguir sus rasgos faciales, los ojos se fundían con la densa oscuridad del cielo nocturno y aquello me maravillaba. Había noches en que la luna se abrazaba a ella y yo, impotente ante tanta belleza desgarradora, gritaba. Era entonces, cuando las lechuzas y búhos me acompañaban en aquel lamento abrasador, lo cual agradecía.
Al despuntar el sol y despedir a las diosas de la noche, los ojos de Elia volvían a observarme. Cada día que nacía, algo moría en aquel rostro divino. Yo me preguntaba qué es lo que habría ocurrido durante la noche anterior, pero nunca obtenía una respuesta clara, tan sólo un débil martilleo en mi corazón, un sutil vuelco que me helaba la sangre.
El tiempo futuro moría, el pasado envejecía y el presente adquiría tonos algo arrugados. Y Elia y yo seguíamos alejándonos. La embarcación se hundía cada vez más en el agua templada del lago y la caña permanecía inmóvil, inmersa en la espera de su presa.
Un día, mientras contemplaba el rostro de mi amor con ojos anhelantes, la caña se combó con fuerza. Sobresaltado me levanté y mi mirada se alejó de Elia para clavarse en la caña temblorosa. Aferré con fuerza el mango de madera y tiré. La presa se resistía; era una buena pesca. Al final, conseguí apoyar mis pies con determinación y me eché hacia atrás gimiendo por el esfuerzo. Me día cuenta que había perdido músculo y mi cuerpo no reaccionaba tan bien como lo hacía en el pasado.
La presa asomó el cuerpo debajo del agua y estiré por última vez. Una figura enorme y oscura se deslizó por la cubierta del barco. Jadeando me incorporé ya que había caído al suelo, y cuando contemplé mi trofeo, casi me morí del susto.
-Por fin has pescado algo ¿eh?- su voz era suave y terriblemente encantadora.
-Yo-yo… No sé qué es lo que he pescado. Yo quería un pez, no una muerte inesperada.-estaba temblando y mi voz hacia lo mismo. No tenía ni idea de qué decirle a la muerte.
-No, querido humano. Tú no querías un pez.-alzó una mano y la elevó al cielo azul. No había ni una mancha de nubes y el sol brillaba con ferocidad. Elia no estaba allí.
-¿Elia? ¿Qué has hecho con ella?-mi voz resonaba llena de ira y aunque ahora me río de aquel instante, en ese momento estaba apunto de echarme a llorar. Estaba hundido. Destrozado.-¡Ella estaba allí! ¡Siempre lo estaba!
La muerte lanzó una breve risotada.
-¿Dónde? Yo no veo a nadie.-con un movimiento rápido, se acercó más a mi y puso una palma en mi pecho. Un estallido repentino abrumó mi mente y casi perdí el equilibrio.-Está aquí.-dijo sin apartar la mano del pecho.
-¡No! Estaba en el cielo, día y noche. Nos acercábamos y alejábamos.-balbuceé.
La muerte suspiró y apartó la mano. Después me dio la espalda y se inclinó por el borde del barquito.
-Ven pequeño humano, ven. Acércate. ¿Sabías que el agua fue de los primeros espejos que tuvisteis? Venga, da un pequeño salto al pasado.
Me acerqué con las piernas temblando y con mucha cautela, asomé mi cara al lago. Me quedé helado. Mi rostro no era el que yo recordaba haber visto en el espejo de mi dormitorio. Estaba arrugado, horriblemente flácido. Mi pelo no era negro sino ceniciento y tenía una barba que me llegaba a los pies. El tamaño de las uñas no quiero mencionarlo, eran repugnantes.
Una mano cálida se posó en mi hombro y lo apretó con suavidad.
-Viejo. Te has hecho viejo. Tu querida duerme en su palacio desde hace muchos años. Tiene retoños tan altos como tú. Tiene un marido tan anciano como tú y por supuesto, como ella.
La mano se desprendió con ternura y la muerte se irguió. Con los ojos llenos de lágrimas y una sensación tan profunda como los abismos del océano aplastando mi pecho, la miré. Tenía una mano, la misma mano que había apoyado en mí, extendida en mi dirección.
-Por favor, caballero. Si eres tan amable de acompañarme.

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