La condición humana se retuerce sobre sí misma, traiciona su propio ser elevando así el poder de su esencia. El humano es increíble; de construir y crear maravillas, llega a cometer brutalidades únicamente presentes en su especie y esto último no reniega la idea de que estos actos dejen de ser genialidades humanas.
Hemos creado un dios, a la inversa del bíblico; un dios modelado a nuestra semejanza, fundado en miedos y ambiciones, pasiones y utopias de lo más variadas; un saco raído, maloliente de nuestra propia esencia. Un dios que guardará con uñas y dientes todo lo que somos, fuimos y seremos. ¿Guardarlo de quién? ¿A quién teme tanto esta especie que necesita parir un guardián?
Tememos a nosotros mismos, a nuestro vecino, enemigo e incluso a nuestro yo personal. Y todo este conjunto de actos, tan despreciables para algunos y tan maravillosos para otros, son la carne y hueso que mantiene erguido al dios guardián.
Pero esta creación tiene los días contados, al igual que todo lo que hemos levantado sobre este lugar elíptico, perdido en la inmensidad de lo infinito. El reloj de arena va perdiendo poder en las alturas y todo pesa bajo el cristal inferior, el susurro mortal de los polvos dorados hace inminente el final de la caja de Pandora. Y tras el derrumbamiento de esta maravilla, todo cambiará. Incluso me atrevo a decir que dicho dios luchará por mantener intacta su existencia, se rebelará, ya que, como he mencionado antes, es la esencia misma del ser humano que ansía dejar huella en esta luchará hasta llegar a convertirse en polvo por el mero hecho de seguir existiendo en la tierra, en la mente colectiva, en la propia alma de cada bípedo pensante, racional. Una guerra de separación del ser global. Y es muy seguro que este dios gane la batalla contra sus creadores, porque las huellas, son simples huellas. Albergan pasados congelados, sí, pero son huellas.
Y el clima cambia; llueve, hiela. Sequías, inundaciones. Una huella plantada en la tierra solo tiene un destino y es el de desaparecer o ser pasto del acto geológico, el hijo del tiempo, el escultor. Quedar atrapada, sepultada entre incontables huellas parecidas a la humana, todas ellas encadenadas y condenadas a contemplar el morir de los segundos, el renacer de los mismos; la muerte de las estrellas y nacimiento de otras miles. Inmóviles, sin poder hacer nada, sin poder derramar lágrima ni rugir de pura rabia.
Y después de todo esto, se alza al fin un dios victorioso. Tras batallas frenéticas, nuestra creación nos ha despachado; el aprendiz mata al maestro. Pero de esto no viene la paz absoluta, tras una guerra el único silencio que hace presencia es el mismo bramido de la muerte, cada aliento expirado, lamento entrecortado, ojos ahogados… Todo ello fundido en un silencio aparentemente en calma. Irónicamente, un silencio mortal. Y mientras el dios humano contempla el campo fúnebre, se va dando cuenta poco a poco de la realidad presente, cuchilladas de existencia que rasgan su carne…
Y todo su ser llega a una conclusión: no hay nada humano en él.
Un dios humano sin identidad, inhumano, carente de cimientos propios de una estabilidad existencial. Nada. No hay nada en él que recuerde a sus creadores, a lo que al fin y al cabo, debería ser él.
Pero al mismo tiempo, un escalofrío recorre su abstracto cuerpo y piensa: las huellas son huellas, son creadores de mundos pasados; mundos muertos que piden a gritos un reconocimiento del futuro. ¿Pero qué es de dichos mundos? ¿Qué albergan? ¿Qué son?
Ahora el dios llora. El mundo creado por la huella humana es él. Mira a su alrededor y contempla una infinidad de seres, dioses. Todos absortos en sus existencias, aferrándolas para así evitar desaparecer. Entonces ¿qué son estos dioses? Su misión es descubrirlos y de este proceso, llegarán nuevas creaciones y…
Del desorden nace el orden. L. M.
La aleatoriedad es muy difícil de conseguir. LVPMN
La aleatoriedad es muy difícil de conseguir. LVPMN

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